Un trío que es un lujo
El más reciente espectáculo del trío Casanovas-Araiz-Schussheim reúne el talento de estos grandes artistas de la escena argentina. En Splendor, el actor el coreógrafo y la vestuarista dejan ver lo mejor de cada uno, potenciado en la ocasión que los reúne en el Teatro Maipo, de Buenos Aires.
Por Analía Melgar
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Espléndido, Splendor. Ocasiones para salir del teatro con la sensación de gratificación colmada hay pocas. La reciente creación del trío conformado por Jean François Casanovas, Oscar Araiz y Renata Schussheim es una de ellas. Splendor no pretende innovar, sino aprovechar las fórmulas que le son funcionales a estos tres artistas que ya se han reunido en varios espectáculos compartidos, desde décadas atrás: Fénix, Boquitas pintadas, La cabalgata argentina… Son tres amigos que trabajan con gusto y ese gusto se traslada al público.
Splendor combina el histrionismo y la habilidad para el transformismo, que tiene el actor francés radicado en Argentina, Jean François Casanovas; el manejo del espacio, del ritmo y del dramatismo, y del movimiento, claro, que domina el coreógrafo Oscar Araiz; y la imaginación frondosa, glamorosa y lujosa de la artista plástica, vestuarista y escenógrafa Renata Schussheim. El cóctel resultante sutiliza los conocidos espectáculos de Casanovas, con su grupo Caviar, en los que los desopilantes personajes femeninos en que se convierte van siempre rodeados de un tono alegre, chistoso, fársico. También así sucede en Splendor, pero aquí el público, además, es paseado no sólo por una galería de seres intensos, sino por atmósferas, algunas luminosas y otras, más oscuras, melancólicas, por momentos, casi siniestras.
Estamos en la pequeña sala superior del Maipo, uno de los tradicionales teatros de Buenos Aires, sobre la calle Esmeralda, a pasitos del Obelisco. En ese diminuto escenario, Araiz hace malabares, para que Casanovas y tres estupendos bailarines –Javier Bazán, Ignacio González Cano y Marco Chaves– se muevan con elegancia y misterioso andar gatuno. La presencia de cuatro hombres en el escenario, en interrelación con los personajes femeninos de Casanovas, los maquillajes, los gestos, todo genera un clima de erotismo y coqueteo con la ambigüedad sexual.
Las escenas, breves, apenas dan tiempo al espectador para instalarse en ellas, comprender su trasfondo, disfrutarlas y… viene la siguiente. En el cambio de una a otra, Casanovas renueva completamente sus vestuarios en cuestión de segundos. No sólo renueva brillantes capas, faldas, zapatos, pelucas, sombreros, máscaras, sino que muta completamente el espíritu de sus criaturas. Arranca un fugaz maniquí. Le sigue un tragicómico dúo entre una mujer en sillas de ruedas y su cruel hermana, ambas simultáneamente a cargo de Casanovas. He allí un recurso que se reiterará: la fonomímica que Casanovas hace sobre sus propias grabaciones. Hay algunos fragmentos de óperas, pero la mayoría de los audios semejan doblajes de películas, guiones de programas televisivos de divulgación científica, las voces de la diva María Félix, de la escritora Silvina Bullrich…
El desfile de casi quince personajes confirma el universo lleno de fantasías de los hacedores de este espectáculo. La divina, cruel y contradictoria María Félix que surge de adentro de un bizarro traje de gorila; la aristócrata Silvina Bullrich; también hay una aviadora fracasada; una parodiada muchacha provinciana tocando un chamamé en su acordeón… Imperceptiblemente, el humor deja paso a un escondido dolor, el de una dama rodeada de amantes pero profundamente solitaria… Y finalmente, al personaje más insospechado: el propio Casanovas, sin peluca, con su cabello, vestido con traje de hombre, sin quitarse el maquillaje escénico.
Este recorrido veloz por el guión no da cuenta de la infinidad de detalles, gestos, silencios, guiños y sutilezas que están repartidos a lo largo de este espectáculo de pequeño formato pero gran talento, que continúa con funciones, de miércoles a domingos, durante febrero –y posiblemente marzo también– de 2010.
Nota
Fotos de: Giampaolo Samá